CUANDO CONSULTAR

Todos los padres educan lo mejor que saben a sus hijos. Y todos en algún momento detectan situaciones difíciles en este proceso, algunas incluso se les escapan de las manos. A veces observan síntomas o señales que evalúan como preocupantes y es entonces cuando se plantean acudir a un psicólogo infantil. Eso sí, no sin dudar unas cuantas veces antes si dar este paso es lo adecuado o no.
Lo cierto es que no pasa nada por consultar, no hay nada de malo en acudir a la consulta de un especialista y dejar que explore y evalúe al niño. Si no queremos dar directamente un paso tan drástico, podemos hablar con otras personas que ya conocen a nuestro hijo y que al mismo tiempo están acostumbradas a tratar con más niños de su edad. Estas personas pueden ser la profesora de la escuela infantil, el maestro y el pediatra y podrán decirnos si ellos también observan ese comportamiento, si lo ven extraño y si se sitúa en su nivel de desarrollo normativo.

EVALUACIÓN

El psicólogo infantil en una primera entrevista a los padres determinará el motivo de consulta, les ofrecerá unas orientaciones y valorará la necesidad de evaluar al niño y establecer un diagnóstico. Si lo estima necesario, después comenzará la intervención con los padres, con el menor o con las dos partes dependiendo de la disponibilidad y de la demanda del problema. Por otro lado podrían evaluarse otras medidas con el colegio, como una adaptación curricular si fuera necesaria, una intervención conductual o la corrección de las pautas de convivencia en la casa.
Como psicólogo infantil y según mi experiencia, en muchos casos se trata simplemente de un desajuste entre el niño y sus padres. Los padres no ven en cierto momento qué es lo que necesita su hijo. Pierden la sintonía con él y tienen, por ejemplo, expectativas irreales, le exigen demasiado o al contrario, le exigen por debajo de sus posibilidades. No interpretan bien sus señales. La tarea del psicólogo infantil consiste en exponer a los padres las necesidades de su hijo, indicarles su nivel madurativo y de ajuste en personalidad y sobre todo ofrecer una orientación.

DIAGNÓSTICO

Existe una serie de variables que son fundamentales para que una terapia psicológica tenga éxito; algunas de ellas son que haya una buena alianza terapéutica entre el psicólogo y el paciente, que el psicólogo clínico tenga un buen nivel de formación y experiencia, la disposición positiva e implicación por parte del paciente en el proceso etc.

Realizar un buen diagnóstico principal, es decir, saber con claridad que es lo que padece la persona y así abordar el problema primario y sus manifestaciones, es un requisito ineludible para que el tratamiento psicológico pueda tener éxito.

Hoy en día tenemos muchas técnicas y formas de poder evaluar a la persona, para diagnósticos de trastornos mentales tenemos el DSM-V, el CIE-10 (clasificación internacional de enfermedades OMS, 1992), pero estos no pueden ser utilizados de manera aislada, sino que deben de ir acompañadas de una combinación de varias cosas, entrevistas estructuradas de larga duración ( importantes para reducir los sesgos de interpretación que pueden hacer los sujetos de las diferentes cuestiones, y permiten integrar en el proceso de evaluación la propia experiencia clínica del psicólogo, los cuestionarios de auto informe, aportan información relevante sobre la frecuencia y/o gravedad desde la perspectiva de la experiencia del propio sujeto de una amplia gama de dimensiones del problema ( ansiedad, depresión, etc.) , mediante auto registros ( muy importante para controlar la actividad del paciente fuera de consulta), evaluaciones psicofisiológicas… “Cuando no le damos la importancia que merece al diagnóstico, no dedicándole el tiempo necesario ni los instrumentos adecuados que ayudarían a definir más certeramente el problema, tenemos como consecuencia directa un tratamiento más prolongado y menos certero de lo que el caso concreto requeriría”

TRATAMIENTOS

Desde comienzos de los años sesenta hasta la actualidad, la Terapia Cognitiva Conductual ha tenido un fructífero desarrollo. Podríamos hablar de una primera generación de terapia cognitiva impregnada de consideraciones basadas en el desarrollo de la conducta y en una extensa base de conocimientos e investigaciones sobre el aprendizaje. Dentro de este movimiento encontramos las teorías del aprendizaje social que ponen el énfasis en la influencia social y la capacidad autorregulatoria de las personas. En este sentido, los aportes de A. Bandura (1969) han sido fundamentales para los tratamientos cognitivos conductuales en la población de niños, adolescentes y familias. Su marco conceptual, la teoría del aprendizaje social, nos ha permitido pensar cómo contribuyen los procesos cognitivos de pensamiento a la emoción y conducta humanas.

La Terapia Cognitiva Conductual sostiene que existen cinco elementos interrelacionados que deben tenerse en cuenta en la conceptualización de las dificultades psicológicas humanas. Estos elementos incluyen el contexto interpersonal y la fisiología, las emociones, la conducta y la cognición del individuo. De esta manera, el modelo cognitivo conductual va a incorporar y enfatizar la importancia de las variables contextuales, sistémicas, interpersonales y culturales en el marco general y en particular con la población infantojuvenil.

Como terapeutas cognitivos conductuales vamos a trabajar con los patrones de pensamiento (cogniciones), conductas, emociones, teniendo en cuenta el contexto y las relaciones interpersonales que impactan sobre estas mismas variables.

Existen similitudes y a su vez grandes diferencias entre la terapia cognitiva conductual con adultos y con niños y familias. Una cuestión a tener en cuenta es que generalmente los niños y niñas no acuden a terapia por propia voluntad; la mayoría de las veces son llevados por los adultos (padres, familiares, cuidadores) o suelen ser derivados por el sistema escolar o el sistema de salud. En consecuencia, el foco de la terapia cognitiva conductual para dicha población debe tomar en consideración la característica del trabajo con el sistema familiar, escolar y, por supuesto, con el grupo de pares.

Otra característica a considerar es que los tratamientos cognitivos conductuales suelen basarse en un enfoque experiencial , centrado en el aquí y ahora (Knell, 1993). A su vez, los tratamientos están orientados a la acción, ya que los niños suelen aprender haciendo. Y, si bien cada tratamiento tendrá un objetivo específico y particular según las necesidades de cada caso, como terapeutas cognitivos conductuales vamos a trabajar ampliando recursos, fortalezas y habilidades de afrontamiento, intentando aumentar la motivación y construyendo una fuerte alianza terapéutica, factor pilar de los tratamientos infantojuveniles, sin el cual ninguna de las técnicas o herramientas que utilicemos llegarían a buen puerto.

Según Phillip Kendall (2000), el terapeuta de niños asume diferentes roles según los requerimientos del caso. Puede desarrollarse como diagnosticador o evaluador, lo que implica recoger e integrar datos provenientes de distintas fuentes (escuela, familia, médicos, paciente) para poder realizar una síntesis de dicha información y arribar a un diagnóstico y conceptualización del caso que guiarán el plan de tratamiento. También puede ser un consultor y ayudar al niño a identificar un problema, a hallar opciones posibles y a elegir alguna de éstas. O un educador o entrenador, que ayudará al niño a descubrir y maximizar sus fortalezas, enseñando nuevas habilidades sociales, cognitivas y emocionales para enriquecer su desarrollo.

Debemos tener en cuenta que los tratamientos cognitivos conductuales son tratamientos de tiempo limitado, estructurados y manualizados. Esto ha permitido que dichas psicoterapias hayan sido validadas empíricamente, es decir, hayan sido sometidas al veredicto de la ciencia en cuanto a su eficacia, efectividad y eficiencia.

Los tratamientos cognitivos-conductuales para niños, adolescentes y familias deben incluir: entrevistas a padres, entrevistas familiares o vinculares, terapia para el niño, individual o grupal, orientación a padres, trabajo con la escuela y, en algunos casos, el trabajo conjunto con psicopedagogos, pediatras y/o psiquiatras.